Un viaje clave en medio de la tensión.
En medio de un frágil alto al fuego arancelario, Li Chenggang —principal negociador comercial de China— llega a Washington con la misión de explorar un terreno común con Estados Unidos. Aunque la visita no forma parte de una mesa formal de negociación, su sola confirmación ha encendido las expectativas de los mercados, que siguen atentos a cada movimiento entre las dos mayores economías del planeta.
Detrás de esta visita está la prórroga de 90 días acordada en agosto, que mantiene en vigor aranceles del 30% a productos chinos y del 10% a bienes estadounidenses. La gran incógnita es si este armisticio se prolongará o si Donald Trump, en su regreso a la Casa Blanca, optará por reactivar la escalada con nuevos gravámenes.
Minoristas en guardia y productores al límite.
Mientras los retailers estadounidenses apuran compras para no quedarse desabastecidos en la temporada navideña, las fábricas chinas viven en modo supervivencia. La dependencia del mercado norteamericano sigue siendo enorme y un aumento de tarifas por encima del 35% pondría en jaque la viabilidad de muchos exportadores.
El trasfondo es claro: si Trump cumple sus amenazas de aranceles del 200% sobre las tierras raras —materiales estratégicos para la tecnología y la defensa—, las cadenas de suministro globales se verían sacudidas, elevando los costos de sectores clave como la electrónica, los autos eléctricos y la industria militar.
La agricultura como punto de fricción.
La soja se ha convertido nuevamente en el epicentro del conflicto. Con aranceles del 23%, los agricultores estadounidenses ven cómo China reduce sus compras, dejándolos en una situación compleja. A su vez, Pekín evalúa usar la carta agrícola para obtener mejores condiciones: reducción de aranceles y acceso a tecnologías de punta.
El recuerdo del acuerdo “Fase 1” de 2020, donde China aumentó sus importaciones para calmar las aguas, vuelve al debate, aunque esta vez el gigante asiático busca una negociación en mejores términos.
Impacto en Perú: el sol en la mira.
La tensión comercial entre las dos superpotencias no es un tema ajeno a Perú. Sus efectos se transmiten a través de los precios de las materias primas y del tipo de cambio:
- Cobre y oro bajo presión: Una guerra arancelaria tiende a encarecer costos y frenar la demanda global, lo que afectaría los precios del cobre, principal producto de exportación peruano. Si el cobre cae, la balanza comercial de Perú se resiente.
- Dólar más fuerte, sol más débil: En escenarios de incertidumbre, los inversionistas buscan refugio en el dólar. Eso presionaría al alza el tipo de cambio en Perú, pudiendo superar temporalmente el umbral de S/ 3.80 – 3.90.
- Volatilidad para empresas e importadores: Un sol más débil encarece combustibles, maquinaria y bienes importados, impactando directamente en la inflación local y en los costos empresariales.
- Oportunidades en el oro: En contraste, el oro —otro producto clave del Perú— suele beneficiarse como activo refugio en tiempos de tensión, lo que podría amortiguar el golpe en las cuentas externas.
Perú entre riesgos y oportunidades.
El viaje de Li Chenggang a Washington es más que una visita diplomática: es un episodio de un pulso que definirá los precios globales, el rumbo del dólar y el comportamiento de los mercados emergentes. Para Perú, significa una moneda más volátil, riesgos sobre el cobre, pero también una oportunidad en el oro.
En este tablero global, el sol peruano se convierte en una ficha más del ajedrez comercial entre China y Estados Unidos.









